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En la época, las asignaturas eran anuales y  los profesores ofrecían la posibilidad de los exámenes parciales.  Eran un favor que ellos nos hacían y eso estaba claro desde el primer día.  Éstos tenían lugar desde finales de enero hasta mediados de febrero.  A veces, para eliminar materia de cara al examen final era necesario sacar un siete sobre diez.

 En otros casos, los profesores obligaban a superar alguna prueba previa para poder presentarte a los parciales.  Así pasaba en  Química de 1º de Agrícolas. Era necesario aprobar una prueba de formulación orgánica e inorgánica.  La materia no tenía mayor problema pero  el profesor ponía una serie de condiciones (a cual más absurda) que complicaban bastante la superación de la prueba.

 El examen consistía en 50 fórmulas a las que había que poner nombre y 50 nombres a los que había que poner fórmula.  Teníamos para ello 30 minutos.  Transcurrido ese tiempo el profesor apagaba las luces del aula y debíamos irnos todos al fondo de la misma antes de que volviese a encender la luz. Si al encender la luz no habías llegado al final… estabas suspendido.

Obviamente, gritábamos un montón de barbaridades dedicadas al profesor en cuestión y a su madre durante el tiempo que la luz estaba apagada… Es igual de obvio que, si pillaba a alguno… ése pagaba por todos…

 Yo suspendí aquella prueba.  Eso implicaba no poder presentarme a los parciales de Química. Visto con perspectiva, fue bueno para mí.  Al no poder estudiar Química, me preparé Álgebra, Cálculo y Biología. Las aprobé por parciales.  Después, aprobé Química en junio sin problemas.  Si hubiese podido presentarme a Química por parciales, hubiese ido a por ella.  La asignatura me gustaba bastante más y no hubiese aprobado Álgebra o Cálculo… Tampoco estoy seguro de que esto hubiese sido así.  ¡¡Da lo mismo!!

 El caso es que a la vuelta de Navidades, se imponían la clausura y los codos…

El ritmo de los dias cambiaba… Ya no salíamos tan seguido…  entre semana… y nos quedábamos los fines de semana para estudiar…

 Pues en esas estábamos… y decidimos quedarnos el primer fin de semana a estudiar.  El viernes por la tarde fuimos a comprar para pasar los dos días en el piso. Siempre comprábamos en el Mercadona de Emilio Baró… Aún puedo ver el lema “Siempre Precios Bajos” en las bolsas de plástico…

 No recuerdo quién fue el primero que dijo “pillamos unas botellas de vino para la cena”… El vino que comprábamos era el Casón Histórico o otro que se llamaba Elegido… Aún están por ahí… en Mercadona. Siempre sonrío cuando los veo….

 Nos encontramos en el piso con todo lo necesario para pasar dos días enclaustrados entre espacios vectoriales, matrices y determinantes… ¡¡¡Gauss- Jordan que estáis en los cielos!!!

 Nos pusimos a estudiar … A eso de las nueve de la noche, salió uno y gritó… “¿Hacemos la cena o qué?”

 No sé qué fue más rápido… El sonido o nosotros precipitándonos hacia la cocina…

 -¿Qué hacemos?

 – Pizza…

 – ¿Cortamos un poco de queso?

– Abre una bolsa de fritos … pero de los de sabor barbacoa… Todo un lujo en la época…

 – ¿Abrimos una botella de vino?

 – Antes… una cervecita….

 Nos dimos cuenta de que ninguno de los tres se había puesto el pijama… Nos echamos a reír…

 Solíamos preparar las cenas entre los tres.  El cuarto “habitante” (o más bien “visitante” ya que no lo veíamos casi nunca) solía ir por libre. 

Tengo claro que esos momentos en la cocina  fueron parte importante de la forja de una amistad que aún hoy dura.  Al otro hace años que no lo veo.

  Tomamos “una cervecita”… Tuvimos que jugarnos a los chinos quien bajaba el sábado por la mañana a por más… antes de empezar con el vino…

 Cenamos…

 No recuerdo quíén dijo… “Damos una vuelta rápida por el barrio”… “A la una en el piso… Mañana hay que estudiar…”