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Aquel año, los lunes y los jueves teníamos clase de Álgebra Lineal.  En el grupo de tarde, la daba Genoveva.  También daba Cálculo Infinitesimal en el mismo grupo.  A diferencia del resto de profesores de su Departamento, lo hacía bien.  Se preparaba las clases, ponía buenos ejemplos, resolvía las dudas,…  Daba gusto ir a sus clases.  Además, era amable y cumplía con el horario de tutorias.  Me enseño a integrar, a resolver ecuaciones diferenciales,… Descubrí lo que eran las matrices, los espacios vectoriales, el método simplex, la programación lineal y tantas otras cosas gracias a ella.  

Recuerdo una tarde que un compañero le preguntó “Oye, Genoveva, ¿esto para qué sirve?   Muy seria, le respondió “Por lo menos, te puede servir para dar clases particulares, y te prometo que no es ninguna tontería”   Años más tarde descubrí cuánta razón tenía. La recuerdo con cariño. 

Bueno… Era jueves y me fui a clase de Álgebra.  Disfruté en clase.  Siempre lo hacía.  Terminé la clase y volví al piso.  Dos de los compañeros estaban planeando salir.

 Yo había tenido una semana intensa y preferí quedarme en el piso.  Me puse el pijama.  Después de cenar me senté en el sofá y me puse a leer.  No teníamos televisión. Me entró sueño enseguida  así que me acosté.  Dormí como una marmota.

El viernes, para variar,  me levanté temprano.  Estaba desayunando cuando aparecieron mis compañeros.   Estaban todavía en la fase de ”cánticos regionales”.  Se sentaron a desayunar conmigo.  Ya se sabe, “no se sueña nada ilustre si el buche está vacío “.

Empezaron a contarme las batallas de esa noche.  Con los años, veo que era lo mismo cada jueves.  Entonces era muy divertido.  Por lo menos, nos lo parecía….  Sin duda, lo era.

Uno de mis amigos me dijo  “Sabes… Una tía nos preguntó por ti”.   Ese tipo de comienzos siempre terminaban igual pero no era posible la retirada… “¿Ah, si? ¿Quién?

Se rió… “No sé, no me acuerdo”…

Lo mandé a la mierda…  Indignado, replicó… “¡¡¡Qué si, …!!!”. 

Se fueron a dormir.  Me vestí y me fui a dar una vuelta.  Los viernes teníamos Física con el Mortadelo (no consigo recordar el nombre) así que no tenía pensado ir.

En la época, en otoño y primavera, un buen sitio para perderse era el Jardín Botánico.  Además, si ibas callejeando pasabas, desde Benimaclet,  por delante de las Torres de Serrano.  Podías torcer y meterte por el centro.  Seguí hacia el Jardín Botánico.  Estuve paseando entre las plantas.  Al rato volví a casa… Decidí  volver por la Fe. No tenía que haberlo hecho.  Me volví a encontrar con Héctor.

Volvió  a  preguntarme si la noche anterior había visto a Laura.  Obviamente, le dije que sí,… en la bodega.  Me miró y preguntó  ¿Y después?…

Le tuve que decir que también… Se quedó con la boca abierta. 

–         ¿De verdad?, ¿Dónde?

–         En un piso.

–         ¿De quién?

–         No lo sé.

–         No te creo.

–         Es la verdad.

Se fue andando  enfadado.  Me pareció un pelín alterado.  Ahora bien, en el fondo a mí me dada lo mismo.

Yo seguí caminando. 

A la altura de la calle Alboraya me encontré con Laura.  Esta vez sí que me saludó y vino a hablar conmigo.  Parecía divertida….

–         Oye, David, cuando quieras te puedes pasar por el piso.

–         ¿Perdón?

–         Sí, eso, que te pases a tomar un café cuando quieras… Estaremos todas encantadas de verte…

Me hizo sonreír.  Hablaba con ese tono burlesco con la que la recuerdo ahora.  No pude reprimirme.

–          ¿Pero todas llevaréis gafas o lentillas?

 Soltó una carcajada…. Se fue.

Llegué a casa.  Había sido uno de esos días demasiado tranquilos.  

Me acosté y me puse a darle vueltas a la historia de estos dos… ¿o eran tres? ¿o cuatro?….

Empezaba a pensar, que, al final, el que iba a llevarse los palos era yo….