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Por la séptima puerta, sidéreo peregrino,
volé y fui a sentarme de Saturno en el trono:
Muchos cerrados nudos desaté en mi camino,
mas no el nudo maestro del humano destino.

Y allí estaba la puerta cuya llave no vi;
y allí se alzaba el velo que lo ocultaba todo:
Un vago murmurar cerca de Ti y de Mí
se escuchó… y después nada, ni de Mí ni de Ti.

Nada pudo la Tierra decir, ni el taciturno
mar que en flúida púrpura su ausente Dios implora;
ni el cielo que mil signos pregonan, y a su turno
velan, la luz del día y el luminar nocturno.

Luego al Tú en Mí que oculto tras el velo infinito
incesante labora, en mi extravío invoco:
-«¿Con qué lumbre orientarme en mi vagar fortuito?»
-«Con una mente ciega!»-se contesta a mi grito.

Después el labio frío de este vaso terreno
besé, en pos del Secreto del Pozo de la Vida,
y a mi ardiente contacto, -«¡Bebe, dijo, sin freno
en vida, antes que duermas en el eterno seno!-

Y pienso que aquel vaso que tímido me hablara,
también vivió su vida y bebió con deleite;
y su labio impasible que en mi sed yo besara,
¡cuántos besos sintiera y ¡ay! cuántos otorgara!

Y recuerdo que un día mi paso se detuvo
por ver un alfarero que batía su barro:
Y el barro en frase tímida su frenesí contuvo:
-«¡Suave, hermano, mi forma también tu forma tuvo!»

¿Y no es ésta la misma milenaria balada
que desde el primer hombre historia abajo rueda,
sobre aquella bolilla de tierra fecundada
que dentro el limo humano dejó Dios encerrada?

Y ni una de esas gotas que de la copa echamos
a la sedienta hierba, se escurrió bajo tierra,
a mitigar la angustia de un alma que olvidamos
y muy hondo y muy lejos en el tiempo dejamos.

Como los tulipanes, en su sed inexhausta
de celeste vendimia, sus cálices elevan,
tú podrás desde arriba conjurar tu hada infausta,
inclinándote a tierra como una copa exhausta.

Mientras del breve viaje el fin no se resuelva,
puedes la amada forma ceñir entre tus brazos,
antes que la alma tierra a recobrarte vuelva,
y en la última caricia en polvo te disuelva.

Si  la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,
y más allá no harías nada más que aquí hiciste.

Cuando el Ángel, copero de aquel brebaje oscuro,
te halle sentado al margen del río confidente,
y te ofrezca su néctar, no huyas del conjuro:
Toma y bebe hasta el fondo con ánimo seguro.

Ni temas que al ajuste de tu vida irredenta
pueda romperse el molde, ni extinguirse tu tipo:
el Saki eterno ha echado, en innúmera cuenta,
de esas mismas burbujas en la copa sedienta.

Cuando hayamos cruzado tú y yo el negro velo,
¡Oh! el mundo impasible continuará su ronda;
nuestra venida y vuelta le darán tal recelo
como al mar si le arrojas un guijarro del suelo.

¡Un instante de aliento en la ruta desierta
gustar solo una gota del agua de la vida!
Las estrellas se apagan; la caravana alerta
parte ya hacia la Nada: ¡ya es la hora, despierta!

¿Y necio gastarías en pos del Gran Secreto
esta brizna de vida? Un cabello, nos dicen,
de lo cierto y lo falso forma el espacio neto:
Y el hilo de la vida ¿de dónde está sujeto?

¡Que un cabello lo falso de lo cierto separa!
¡Oh, sí! Aunque un tilde fuese la seña guiadora,
acaso hasta el oculto Tesoro te llevara,
y acaso contemplases al Señor ante su Ara.

Su presencia difusa por las arterias rueda
del mundo como azogue, para ahorrarte su busca:
desde Máhi hasta Máh, toda forma remeda:
Todo muda o perece, mas Él inmune queda.

Un momento fantástico y luego al negro abismo
volver con igual prisa, donde el drama se despliega,
en que para solaz del eterno humorismo,
Él lo inventa, es artífice y actor a un tiempo mismo.

Si en vano bajo el suelo con avidez sondeas
y hacia arriba, a esa Puerta sin término sellada,
-Hoy, mientras seas tú y un sentido poseas,-
¿Qué harás mañana cuando ni tú ni nada seas?