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“La individuación es un mero fenómeno surgido en virtud del espacio y tiempo, que no son más que formas de todos los objetos en mi facultad cerebral de conocer condicionadas por ella; de ahí que también la pluralidad y diversidad de los individuos sea mero fenómeno, es decir, que exista sólo en mi representación. Mi esencia verdadera, interna, existe en todo lo viviente de un modo tan inmediato como aquel en el que se me manifiesta exclusivamente a mí mismo en mi autoconciencia. Este conocimiento, cuya expresión al uso del sánscrito es la fórmula “tat-twan asi”, es decir, “esto eres tú”, es el que aparece como compasión; en el que, por tanto, se basa toda virtud auténtica, es decir, desinteresada, y cuya expresión real es toda buena acción. Es en último término a este conocimiento al que se dirige toda apelación a la clemencia, a la caridad, a la misericordia en lugar de la justicia: pues tal apelación es un recuerdo de la consideración en la que todos somos uno y el mismo ser. En cambio, el egoísmo, la envidia, el odio, la persecución, la dureza, la venganza, el sadismo y la crueldad se basan en aquel primer conocimiento y se dan por satisfechos con él. La emoción y el gozo que sentimos al oír, más aun al ver, y sobre todo, al realizar nosotros mismos una acción noble, se basa en el fondo en la certeza de que, más allá de toda pluralidad y diversidad de los individuos que el principium individuationis nos presenta, se encuentra una unidad de todos ellos que es verdaderamente existente y hasta accesible para nosotros, por que se pone de relieve fácticamente.”